Cáhuil, primeros propietarios y el origen de sus salinas (VI)

Actualizado: 21 de feb de 2019


Anteriormente se mencionó que en 1749 al mensurar las tierras del sector quedaron demasías del rey, también se dijo que esto representó un riesgo para los pobladores, ya que podían ser asignadas a un nuevo dueño, aunque las ocupaban los lugareños, como siempre lo habían hecho. Bueno, en 1761 el gobernador don Manuel de Amat y Junient hizo merced de 6.000 cuadras al maestro fundidor don Francisco Javier de Hermoso “en pago y satisfacción de los doce últimos cañones que ha fundido y entregado a satisfacción de esta Capitanía General”, ya que además de fabricarlos, los había llevado a su costa al fuerte de Yumbel. Estas cuadras las dio el gobernador en el corregimiento de Colchagua, en las demasías que había según las mensuras practicadas y estaban repartidas por toda la región. En cuanto a Cáhuil, le entregó 1.351 cuadras (de las 1505,5), solo descontando 155 del título que tenía Felipe Pardo.


Al día siguiente de haber obtenido esta merced, de las más tardías dadas en Colchagua, el 2 de marzo de 1761 don Francisco Javier de Hermoso, las vendió a don Sebastián de Estolaza, quien había oficiado como su apoderado, en 5.500 pesos. Este nuevo dueño de tierras comenzó a recorrer Colchagua y en cuanto a Cáhuil, vendió gran parte de su propiedad a los mismos dueños del sector, lógicamente porque eran los realmente interesados en continuar viviendo allí mismo. Lo interesante es que aparecen nuevos salineros. Hacia 1765 Estolaza aún debía dinero a Hermoso, de tal forma que el último tuvo que forzar el embargo del primero.


Si los lugareños hubieran tenido sus títulos a la vista al momento de la mensura, o si hubieran reclamado las demasías, no habrían tenido que comprar el mismo terreno que debía ser suyo. El primero en adquirir a Estolaza parte del terreno que utilizaba fue el capitán Juan Vergara, uno de los tres primeros salineros, el 4 de noviembre de 1762, en “el rincón de La Palmilla, donde tiene su posesión y vive el expresado Juan Vergara en la estancia nombrada Pañul, contra la laguna de Cáhuil”; pagó 67 pesos en ganado vacuno. Lo siguió el teniente Mateo Vergara, otro de los primeros salineros, al comprar 20 cuadras “en la población en que vive que se llama la quebrada de La Palma, cortando al pangal y de ahí para La Higuerilla”, pagó 30 pesos el 24 de septiembre de 1763. El mismo día el teniente Francisco Muñoz compró 20 cuadras “inclusive en esta venta un cuartel de salinas del mismo que dicho Francisco Muñoz tenía y gozaba”, también el teniente Juan Lesana, “inclusive en esta venta un cuartel de salinas, el mismo que gozaba dicho Juan Lesana”. Más adelante en 1766, el alférez Vicente Muñoz adquirió 24 cuadras y “asimismo se incluye en esta venta parte del plan de las salinas, el mismo que siempre ha reconocido por suyo dicho Vicente Muñoz, así labrado como por labrar”. No sólo Estolaza vendía sus terrenos, en 1767 don Francisco Abarca compró a don Francisco Cordero “un pedazo de salinas con sesenta brazadas de largo y treinta de ancho, las cuales dichas salinas las trabajó y habilitó dicho vendedor en sus propias tierras, fomentándolas con los flujos de la mar”; un año después Lorenzo Pavez vendió al capitán don Bernardo López “un pedazo de tierras en el lugar de La Palmilla, sitio acomodado para trabajar salinas” y el mismo año el teniente Miguel José Muñoz, casado con doña Nicolasa Pavez, vendió con autorización de su esposa, al capitán don Antonio González “un pedazo de salinas sin trabajar que la susodicha hubo por herencia de sus padres en el lugar de La Palmilla”.


Las salinas de Cáhuil durante lo que quedaba del siglo XVIII fueron las principales salinas de la costa de Chile central. Sus fanegas iban por el Camino Real de la costa, conocido como el “camino Real de la sal” (otra prueba de la importancia de este producto) hasta abastecer al mercado santiaguino, aunque también iban a parar a las estancias vecinas en Colchagua. Se transportaban sobre mulas, en sacas de capacidad de una fanega (103,5 Kg.) y costales, equivalentes a media saca. El precio no volvió a dispararse como antes, pero siguió siendo lo suficientemente atractivo como para continuar su producción, en 1766 un saco estaba avaluado en 4 pesos. Y cuando la industrialización y otras fuentes de extracción hicieron descender el precio, con nuevos ingenios, con turismo por ejemplo, los salineros de Cáhuil han podido sostenerse hasta nuestros días.

Genealogía de los propietarios y primeros salineros de la laguna de Cáhuil



Como se había mencionado, los primeros salineros también fueron propietarios de la orilla donde hicieron las salinas. Esta tierra la heredaron continuamente desde su tatarabuelo Antonio de Lesana.


Corolario


Cada uno busca su espacio en el mundo, los pobladores nativos y europeos también lo hicieron. Algunos decididos a quedarse, otros viendo en qué mejor lugar asentarse. Pero cuando tomaron la decisión, pusieron todo el esfuerzo, trabajo duro para salir adelante. No hay especulación al respecto, se vive de la tierra, de los animales, del agua; laborando con herramientas rudimentarias, con enfermedades y desastres naturales. Finalmente, sea por nuestro instinto de supervivencia, sea por querer vivir mejor, lo que estas familias legaron no fue la tierra, sino su ejemplo de vida.


Las convivencias no fueron siempre sanas ni fluidas, pero los malos momentos fueron olvidándose, para que las nuevas generaciones se proyectaran limpias de problemas añejos. Respecto de la actitud de Nicolás Pavez y los Vergara, un testigo simplemente dijo sobre ellos que “se unieron y empezaron a trabajar”. Para el gusto del autor de esta investigación, es el mejor mensaje que entregaron los primeros salitreros de Cáhuil.


Como se sabe, la extracción de sal de mar no es rentable, ya que al revés de antaño, hoy no hay escasez. Sin embargo, pese a todo, luego de más de 260 años aún se puede disfrutar y también cuidar esta tradición tan valiosa.


Por último, la historia de los lugares son historias de familias y las tradiciones también. Nada de lo que hoy existe puede explicarse como algo espontáneo, siempre hubo una o varias personas que lo hicieron posible. Lo que se lamenta, es que la gran mayoría de esos precursores han desaparecido de la memoria colectiva. Esta investigación también apunta a rescatarlos del olvido.


FIN


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