Lenguas y genealogía

Actualizado: jul 25

Transitando por el vasto Internet, me topé con un Hilo de Twitter que me gustó mucho por la temática relacionada con el origen de las lenguas europeas. Es que los comienzos de nuestras sociedades y de sus palabras me llama la atención, como la mayoría de los principios de las cosas, pero en este caso en particular me parece que tenemos un vínculo importante con la genealogía, a través de uno de sus apoyos para descubrir la identidad de nuestros antepasados, los apellidos.


Learn Is Unlearn (@LearnIsUnlearn) es una cuenta que en su descripción se lee “Intentando entender el pasado y el presente”, con intereses como la antropología, historia, filosofía, etología y arqueología. Y como les comentaba, hizo un par de hilos muy interesantes donde relata la historia de “la cuestión Indoeuropea”, ya que desde el siglo XVI comenzó a postularse la idea de que las lenguas en Europa podían tener un origen común; pero como ocurre con la ciencia, se avanzaba lentamente en la medida en que más estudiosos analizaban este problema, ¿existiría un origen común para los diferentes idiomas europeos e incluso de parte de Asia?


1786 sería el año, según nos cuenta @LearnIsUnlearn, que se puede catalogar como el inicio oficial en que se abordó esta interrogante de una forma pionera. El contribuyente sería el galo inglés William Jones, quien sumaba a su currículum el entendimiento de varias lenguas, entre ellas el hebreo, árabe y chino. Él fue quien postuló que el origen común podría estar en una lengua que para entonces estaba en desuso, se habría desvanecido en la niebla de los tiempos. Además, agrupó a los diferentes idiomas con parámetros de similitud objetivos, de tal forma de crear una suerte de árbol “genealógico” de ellos.


Árbol evolutivo de las lenguas protoindoeuropeas (@LearnIsUnlearn)

¿Y cómo sería esa lengua original?


Buena pregunta, y ¿dónde y cuándo se habló? Buenas preguntas también. Tras las respuestas han trabajado numerosos investigadores hasta hoy y se dieron cuenta de cosas importantes, por ejemplo, que el español o el inglés se pronuncian muy distinto ahora que hace un milenio. El ejemplo que utiliza @LearnIsUnlearn es muy bueno y lo repito. Imagínense que van a Inglaterra, pero al siglo XI D.C. y escuchan: «Fœader ure thu the eart on heofonum, si thin nama gehalgod», quedarían seguramente petrificados, yo no sabría si me quieren saludar o arrestar. Ahora esa misma frase es: «Our Father, who is in heaven, blessed be your name».


Lo interesante es que se han construido reglas para las variaciones de las palabras, considerando cuestiones fonéticas, sintácticas, morfológicas, semánticas y otras. Entonces, -y aquí llega la magia- a través de la utilización de estas reglas “evolutivas” estos (notables) investigadores han sido capaces de retroceder en el tiempo hasta encontrar o proponer la forma de una palabra en su origen, increíble, no?


Miren por favor, la deconstrucción de la palabra “madre” y su equivalente en otros idiomas:


Fuente: @LearnIsUnlearn

Y hay más, los científicos han logrado revitalizar un vocabulario de unas 1.500 palabras que seguramente utilizaron los antepasados de muchos europeos, americanos y personas de Asia central actuales. Aunque solo oralmente porque todavía no existía la escritura. A través de este vocabulario también fueron capaces de saber cómo era el medioambiente donde vivían estos protoindoeuropeos, claro, porque ocupaban palabras para abedul o higuera y tenían vacas, ovejas y bueyes; pero no había palabras para asnos, mulas o camellos. Tampoco se han encontrado términos para la agricultura; sí había cobre y animales como nutrias, castores, lobos, alces, ratones, águilas, jabalís, caballos, gatos y perros.


¿Impresionante? Sí, totalmente. A través del vocabulario hallado hasta ahora se puede recrear el ecosistema donde estos primitivos hombres vivieron, además se podría estimar el grado de avance tecnológico (por ejemplo, tenían carretas) y con ellos el tiempo en que se hablaba esta lengua, probablemente la edad del cobre. Con la ayuda de la arqueología y la genética, al analizar la materialidad y el ADN de enterramientos antiguos, se ha llegado a una suerte de hipótesis generalmente aceptada que apuntaría como lugar de origen al oeste ruso y territorio ucraniano, y como principal contribuidora a la expansión de la lengua a la cultura Yamna (3.300 A.C. – 3.000 A.C.), que habitó en esos lugares inmediatamente después de la aparición de este lenguaje vernáculo; y su influencia se propagó hacia el oeste, este y sur.


¿Y los apellidos?


Hasta aquí he hecho un resumen somero de este fantástico hilo y en cuanto lo leía resultaba evidente que nuestros antepasados no solo nos transmitieron sus genes, sino también su cultura y obviamente su lengua, y podemos arrastrar nuestros orígenes culturales hacia el pasado, retrocediendo con este notable ejercicio de la lengua protoindoeuropea. Desde luego, para los americanos es sólo una parte, ya que también manejamos varias palabras de los nativos americanos.


La genética también hizo este ejercicio deconstructivo para llegar a la conclusión de que todos descendemos de homo sapiens que vivieron en África, y la principal herramienta que ocupa es la variabilidad genética, que no comentaré ahora, pero que es un símil perfecto para las “reglas evolutivas” que veíamos de las lenguas indoeuropeas.


Uno de los artículos que más se ha leído en este sitio es: Apellidos, familias y linajes, donde explico la diferencia entre estos conceptos y me adentro en un mundo poco conocido para muchos interesados en la genealogía, la evolución de los apellidos, que al fin de cuentas también son palabras. Básicamente planteo que los que llevamos en la actualidad, en la mayoría de los casos, son una derivación de una forma anterior. Por ejemplo, una de las familias antiguas de Chile fue la fundada por don Francisco de Irarrázabal y doña Lorenza de Zárate, llegados a Chile por 1557. Si se le hace un seguimiento al apellido, su evolución sería más o menos así, considerando al más antiguo que lo portó, originalmente apellido compuesto.


Evolución del apellido Irarrázabal, elaboración propia (@crcofre).

El más frecuente hoy es Irarrázabal (aproximadamente lugar 730), el segundo más frecuente es Irarrázaval (lugar 1.350), y luego las otras formas tienen muchos menos miembros. Ojo que, tal como también menciono en el artículo, las personas adquieren un apellido por poseer ancestría (sangre de quien se lo transmite) o simplemente sin tenerla, como es el caso de la adopción de apellidos españoles por indígenas o esclavos y sus respectivos descendientes. En el caso de los Irarrázabal, aplica fuertemente la segunda adopción porque tuvieron numerosas encomiendas y esclavos.