Los Pedros y el extraordinario Mateo de Lepe

Actualizado: mar 15

Los artesanos iban tomando de un maestro sus conocimientos, junto a su taller el joven aprendiz ponía en práctica la teoría del trabajo rápidamente. La sapiencia de esos hombres iba creciendo conforme los nuevos carpinteros sumaban sus propios descubrimientos. De esa forma, el oficio se enriquecía y podía producir mejores obras. También podían relacionarse con otros maestros a través de los gremios de artesanos, aunque durante el siglo XVI y XVII pareciera que no hubo en Santiago de Chile. Sí se agrupaban en cofradías, que tenían un carácter religioso. En ese entonces, la cofradía de Jesús Nazareno avanzado el siglo XVII fue eminentemente de artesanos de diversos oficios.


Los Pedros de Lepe


Juan de Lepe, el viejo, del que hablara con anterioridad, fue padre de otro maestro carpintero que debió llamarse Pedro, pues un meritorio artesano de este nombre ya trabajaba por 1587 y vivía en 1596. Muy probablemente era mestizo y fue el padre de otro Pedro de Lepe que también se dedicó al oficio de su padre y abuelo. Aunque no se tienen mayores antecedentes de sus obras, es probable que el último señalado sea el mismo Pedro de Lepe a quien le encargaron la nueva construcción de Tajamares en 1637. Al momento de testar en Santiago, nombró albaceas a un par de frailes y a su tío Mateo de Lepe. Casó con Marcela, india, y sólo le sobrevivió un hijo, otro Pedro de Lepe. Este tercer Pedro también fue maestro carpintero y trabajó para el cabildo en la construcción de un nuevo puente sobre el río Maipo. Llegó a ser alarife (una especie de Director de Obras de las municipalidades actuales).


Pedro de Lepe (el tercero del nombre) contrajo matrimonio con Ana María Paredes, quien era hija natural del extremeño don Fernando de Paredes y de María Flores. Ella sobrevivió varios años a su esposo y cercana a su muerte solicitó ser sepultada en la capilla de Jesús Nazareno, de donde era hermana. De su descendencia sólo sobrevivió Pedro Nolasco de Lepe, “por cuanto tuve otros hijos e hijas todos muertos sin haber dejado sucesión”.


Este nuevo Pedro también fue cofrade de Jesús Nazareno, pero aparentemente no desempeñó el oficio de sus antepasados. Casó con doña Marina de Ubillos, quien era hija legítima del capitán Martín de Ubillos y doña Juana González de Rojas. De sus hijos, Gregoria contrajo matrimonio en 1709 con Fernando de Silva (y Tapia).


Hasta ahora he perdido el rastro de esta línea, la más larga en cuanto al desempeño del oficio por excelencia de esta familia. Cuatro generaciones de carpinteros que muestran un caso único de tradición en el oficio.


Mateo de Lepe


Al comienzo de estas publicaciones sobre los Lepe, planteé que Mateo de Lepe fue no solo el personaje más destacado, sino un tipo extraordinario, ahora me queda contarte porqué.


Debió nacer en fecha muy cercana a 1585 en Santiago. Su padre Juan de Lepe, el viejo, tuvo amores con Leonor, india “natural de las ciudades de arriba, de las arruinadas por el indio rebelde”, vale decir, debió nacer en la región de Arauco, al sur del río Bío-bío. Leonor junto a Juan de Lepe fueron padrinos de un bautismo en 1586, así que me parece probable que hayan mantenido una relación medianamente estable, pese a que él estaba casado. Por lo tanto, Mateo nació como hijo adulterino y mestizo. Hacia 1595, cuando Mateo tendría unos 10 años, Juan de Lepe falleció, quedando entonces huérfano de padre y en una situación difícil por la condición de “india” de su madre. ¿Qué probabilidades tendría un mestizo, hijo adulterino y huérfano del padre español, de cambiar un futuro sombrío?


Poco se sabe de él en esos años, sin embargo, lo que parece más acertado es que se acercara a su familia de artesanos, donde un mestizo no generaba mayores problemas sociales, pues los de estos oficios estaban en la parte baja de la escala española. Al contrario, era conocida la habilidad de los indígenas para el trabajo manual e incluso para el diseño constructivo. Se dice que el levantamiento de la iglesia de San Francisco estuvo influenciado por ellos, ya que serían quienes colocaron unos bolones en los cimientos de la iglesia, lo que ha ayudado a que resistiera los sismos durante ya cuatro siglos al permitir un leve deslizamiento de sus muros. Situación distinta de todas las otras iglesias o conventos levantados durante esa época.


Uno de los carpinteros más reputados hacia fines del siglo XVI era Francisco Esteban Valenciano, cuñado de Mateo y quien había hecho trabajos para la construcción de la catedral de Santiago. Trabajó haciendo el coro del convento de La Merced y su sillería, por esto último le pagarían 400 pesos, la mitad en oro y la otra en comida, vino, carneros y trigo. Además, fue contratado por algunos vecinos para hacerles sus casas. Hacia 1605, cuando Francisco estaba a punto de morir, Mateo se encontraba con otros familiares atestiguando sus disposiciones testamentarias, lo que habla de una cercanía que debió darse también por el vínculo del trabajo. Es más, Francisco y su esposa fueron los padrinos de bautismo de una de sus hijas.


Entre las herramientas de los carpinteros de entonces había escoplos, gurbias, formones (de torno y de cortar), badainas, cuchillos, azuelas, escofinas, limas, boceles, hojas de cepillos, compases, martillos, etc.


El 5 de abril de 1605, fecha muy cercana a la muerte de Francisco, Mateo de Lepe dio el primer paso en su carrera de artesano y tomó como ayudante a Cristóbal Roque “para que [Mateo] le enseñe el oficio de carpintero”. Estaría 4 años con Mateo a cambio de ropa y alimentación. En ese entonces, el joven Lepe debió tener apenas unos 20 años, y todavía no alcanzaba ni el grado de oficial de carpintería, menos el de maestro; pero ya tenía un interesado en aprender con él. Como era de menor edad (la mayoría se daba a los 25 años), su cuñado Pedro de Aguayo lo afianzó, vale decir, se comprometió a responder por él.

1605 sería el año en que Mateo de Lepe comenzó a trabajar profesionalmente.


Su carrera sólo fue creciendo, tanto así que apenas 6 años después de comenzada el gobernador don Juan Jaraquemada le dio una merced significativa: un terreno de 50 por 100 cuadras (5.000 cuadras, unas 7.800 hectáreas) y otro aledaño en Curacaví en consideración de lo que vos el susodicho habéis servido a Su Majestad”. Normalmente estas mercedes tan extensas estaban destinadas a encomenderos o soldados relevantes; así que llama la atención la importancia que en tan poco tiempo había adquirido.