• Cristián Cofré León

Núñez y Céspedes, dos apellidos, un mismo origen

Actualizado: ene 11

Un buen ejemplo de cómo un mismo linaje puede transmitir dos apellidos distintos aunque tenga el mismo origen, es el caso de la familia fundada en Chile por el español Juan Antonio Núñez y la criolla Juana de Céspedes en 1609; ya que sus descendientes se apellidaron unos Núñez y otros Céspedes y en la actualidad, luego de unas 14 generaciones, aún los conservan.


Desde luego, cuestión que ya expliqué, no todos los Núñez que lleven el apellido tienen el mismo origen ni en Chile ni en muchísimos lugares hispanoamericanos; es un apellido patronímico, derivado del nombre Nuño.


Particularmente en este país del fin del mundo, en las antípodas, hubo por lo menos unas 10 familias Núñez llegadas antes del período republicano. Rescatando de ellas una muy antigua que desciende del mercader Antonio Núñez de Fonseca, cuya familia también se vinculó con los Núñez que expondré.


Por el lado Céspedes, podría provenir de la localidad burgalesa Céspedes, en Villarcayo, siendo por tanto un apellido toponímico. Y en Chile hay al menos una familia del siglo XVI, pero que aparentemente no dejó descendencia y otras pocas en el siglo XVII.


EL ORIGEN


El fundador de esta familia fue Juan Antonio Núñez, quien nació en Alcalá de Guadaíra, en la efervescente Andalucía del siglo XVI; vio la luz alrededor del año 1575, siendo sus padres Miguel Martín Vellido y María de Jaén Sánchez (aunque un reconocido genealogista pensaba que era hijo de un capitán de la conquista llamado Jerónimo Núñez). El Núñez que llevaba Juan Antonio debió venirle por algún antepasado, sin que hasta el momento haya determinado cual. En ese entonces, era muy frecuente tomar apellidos de forma arbitraria.

Vista de Alcalá de Guadaíra.

Lo usual era que los jóvenes viajaran a la aventura americana, a lugares donde pudieran tener un mejor pasar que el esperado en sus pueblos españoles. Sobre todo, si llegaban constantes noticias del Nuevo Mundo, de aventureros que se hicieron ricos y que ahora volvían como señores. En jóvenes de 15 años esas historias sonaban a cantos de sirenas, se imaginaban siendo parte de toda esa fantasía y urdían planes para embarcarse, aunque no era tan simple ni tan barato.


JUAN ANTONIO NÚÑEZ


Para Juan Antonio no hubo barreras insuperables para buscar la vida en otros lugares y asomó su nariz al otro lado del charco por 1590, sirviendo como soldado en Veraguas (Panamá), territorio que con título de ducado le había sido confiado para que lo gobernara nada menos que a Cristóbal Colón. Luego de aquella experiencia, Juan Antonio arribó al Puerto La Cruz en la actual Venezuela, terrenos habitados por los indios Caribes, bravos nativos que iban acabando con los avances europeos, obligándolos a refundar el pueblo español en 1594, fecha en la que Juan Antonio debió migrar a dicho lugar. Cuando los antiguos sueños del joven aventurero comenzaron a ser menos nítidos, decidió partir al rico virreinato del Perú más o menos por 1596, donde sumó su persona al fuerte del Callao. Probablemente sin un futuro claro, se encontraba plantado en Perú cuando llegó un capitán con la misión de reclutar soldados para la conquista de Chile. ¡Si no era la riqueza, podría ser la gloria!


Don Gabriel de Castilla llegó con el urgente cometido de convocar soldados (u hombres que no tuvieran mucho que perder) para viajar al punto negro austral del Imperio, donde los sofisticados españoles, que contaban con la mejor tecnología guerrera, no podían dominar a los complicados mapuches. Estuvo tres meses en el virreinato y hubo tan poco interés que finalmente no logró su objetivo numérico. Y esto ocurría pesa a ofrecer 150 pesos de sueldo, más arcabuz y en algunos casos cotas de malla. Solo 140 hombres decidieron emprender una nueva aventura, entre ellos debió estar Juan Antonio Núñez.


El 1 de noviembre de 1597 arribaron a Valparaíso, rápidamente fueron incorporados al ejército que comandaba el gobernador don Martín García Óñez de Loyola, a quien le quedaba poco más de un año de vida, porque en diciembre de 1598 una sublevación mapuche terminó con la endeble ilusión de la superioridad española. En menos de un año desaparecieron casi todas las villas o ciudades al sur del Biobío, frontera que se mantuvo prácticamente incólume por más de 250 años. Y allí estuvo Juan Antonio, en medio del mayor desastre y sobreviviendo con muy poco. En 1601 y 1602 ya estaba en Concepción, como soldado con cota.


“y fuisteis ocupado por vuestra puntualidad y servicios en plaza de sargento de la compañía que sirvió el capitán don Francisco de la Carrera”

Ahora como sargento y con casi 35 años de edad, dejó la sureña frontera para trasladarse a Santiago de Chile, donde contrajo matrimonio por 1609 con doña Juana de Céspedes, criolla de unos 19 años entonces.


Ya en Santiago, Juan Antonio fue nombrado alférez de milicias y hacia 1624 se le nombró capitán de infantería “y cabo de la gente que juntáredes” con la encomienda de llevar de vuelta al ejército todos aquellos soldados que habían “bajado” al norte (entre Santiago y La Serena) y no tenían autorización.


En la capital del reino debía procurar el pan para su creciente familia, así que hizo lo que muchos, se dedicó al comercio de múltiples productos y como mercader con tienda en Santiago pudo generar un buen pasar.


Hacia 1621 se le autorizó hacer ocho mil adobes en La Cañada para construir una casa, pero con la condición de no dejar hoyos en ella, so pena de una multa por el daño. Mismo permiso que obtuvo en 1630. En abril de 1621 dio un poder testamentario “por cuanto hace ausencia de la ciudad y podría la muerte cogerle repentinamente”, declaraba tener entonces cinco hijos vivos y un retoño en camino por “la preñez en que está al presente la dicha doña Juana de Céspedes”.


Por sus cuentas, parece que la vida del mercader era más bien la del cobrador, porque durante sus años de trabajo tuvo que ejercer esa ingrata labor con muchos santiaguinos. Él también se endeudaba aunque con razonable capacidad de pago. Con su esposa vivieron en la esquina sur poniente de las actuales calles Mac-Iver y Esmeralda, solar que fue parte de la dote de doña Juana.


Curiosamente, en algunos documentos le llaman Juan Antonio, sin apellido, un fenómeno que he descubierto recurrente en aquellas personas que tenían dos nombres, de hecho a Juan Rodulfo Lísperguer le pasaba lo mismo.


Juan Antonio debió fallecer en torno a 1645 (¿habrá sido en el terremoto de 1647?) y fue sepultado en la iglesia de Santo Domingo, de donde era feligrés como lo fueron sus descendientes. Sabía leer y escribir, como puede apreciarse de este recibo de 1623:

DOÑA JUANA DE CÉSPEDES


Su esposa, doña Juana de Céspedes, tuvo un origen complejo, era hija sacrílega del cura Jerónimo de Céspedes y de doña Inés Díaz. Su madre aparentemente estaba viuda cuando la engendró. Tuvo una hermana entera menor que ella (hija de los mismos padres) llamada Leonor, quienes fueron criadas por Francisca de Céspedes, muy probablemente su tía paterna, pues tiene todo lo esperable para ser hermana de Jerónimo; resulta demasiado coincidente el uso del mismo apellido, misma generación y desde luego la gran confianza para criar a esta prole espuria. Francisca era hija natural del conquistador Diego de Céspedes, quien vino a Chile acompañando a Valdivia en 1540, aunque se enemistó con él y en 1549 fue uno de sus acusadores en Lima.


Diego de Céspedes era de origen converso, hijo del mercader burgalés Alonso Pérez Bueno o Pérez de Medina, quien se trasladó a Sevilla y llegó a ser jurado de la collación de Santa María la mayor, comerció con aceite y otros productos tanto en América como Flandes, y llegó a tener una nao (embarcación) que facilitó al almirante Diego Colón, hijo del famoso descubridor. Estaba muy bien relacionado y junto a su esposa, doña Mencía de Salazar, mandaron construir la capilla de La Piedad, con sus escudos (que pudieron ser inventados) y que está ubicada en la catedral de Sevilla, justo enfrente del sepulcro de Cristóbal Colón. Lo interesante es que también están sus retratos.


La imagen de la izquierda corresponde al retrato de Alonso Pérez de Medina, en el centro un dibujo del escudo puesto en la reja de la capilla y hacia la derecha el retrato de doña Mencía de Salazar.


La madre de doña Inés Díaz era una homóloga doña Inés Díaz y el padre el capitán Pedro de Leiva, de muy buena hoja de servicios en Chile, quien fue uno de los refundadores de Angol y tuvo encomiendas en la zona sur como también en Santiago. El capitán Leiva dio en varias oportunidades encargos a Jerónimo de Céspedes. Aparte de Inés, Pedro de Leiva y doña Inés Díaz tuvieron por hijo a Pedro Ladrón de Leiva, cura minorista que dejó descendencia también y que estuvo involucrado en un escándalo de faldas que enfrentó el poder del gobernador con el del obispo de Santiago.


Doña Juana de Céspedes tenía por media hermana a doña María Cerezo de Leiva, llamada también doña María Ladrón de Guevara y por hermana entera a doña Leonor de Céspedes y Cerezo o doña Leonor Cerezo. Ambas dejaron descendencia.


Doña Juana de Céspedes sobrevivió a su esposo y pareciera que era un poco hipocondríaca porque dejó de forma inusual 3 documentos entre testamentos y codicilos; en uno de los cuales reconoce realmente su ascendencia, en otro no la menciona y en otro declara por padres a sus abuelos maternos. En fin, fue la matriarca de la familia y vivió largos años, ya que falleció alrededor de 1675 en Santiago, cuando tenía unos 85 años de edad.


Este matrimonio dejó 12 hijos, aunque no todos sobrevivieron, pero particularmente 2 de ellos dejaron descendencia que permanece por varonía hasta nuestros días. Una línea continuó el apellido Núñez y la otra siguió con el Céspedes, que trataré en los siguientes posts.


Volver con los Lepe


Continúan "Los Céspedes" y "Los Núñez"


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