Cuando cae la tarde (2)

La historia que relata Antonio Ronda es distinta. Hacia 1752, cuatro años antes, conoció a María Gómez en la villa de Melipilla, era Pascua de Navidad y había “concurrido a ella a la muestra que anualmente se hase”. Luego de permanecer cuatro días, Ronda se trasladó a su casa, pero pasó primero a la de María Gómez, quien se encontraba sola al cuidado de sus hermanos pequeños. En el lugar, Antonio le pidió a María que le permitiese estar ahí medio día, y aunque esta última se negó en un principio, finalmente aceptó su presencia hasta la puesta de sol, y fue durante esa tarde que Ronda “le solicitó y tubo cópula con ella”. Fue la única vez. Al consultársele quiénes más sabían de este hecho, respondió que solo él y María.


Como era de esperar, el cura llamó a la novia y al igual que con José Carreño, le expuso un crucifijo y aparte de llamarle a ser veraz en sus declaraciones, el cura fue más allá, porque


“le encargué la conciencia y aterrorisé con el tremendo juicio q[ue] en la presencia Divina padesería y las penas a que sería condenada si faltase a la verdad…”


María Gómez declaró que nunca había tenido trato ilícito con José Carreño, “por el desaogado modo jactancioso de hablar que tenía… de cuia boca no se oía palabra q[ue] no fuese en descrédito de mujeres de todas calidades, donsellas, casadas y viudas, por cuio motivo aunque la havia solicitado en varias ocaciones para trato ilícito… lo havía despreciado”. Planteó que luego de diversos rechazos a las propuestas de José Carreño, éste le había dicho que impediría su casamiento con su sobrino Pablo “aunque me cueste hablar con el Diablo”. También negó lo de Ronda, básicamente porque según ella, apenas lo había visto un par de veces y en trato político. María evidenció en su declaración que la familia de su novio no la quería porque tendría parientes afrentados y relató que José Carreño le había ofrecido a su sobrino Pablo, un caballo para que declarase contra la novia de Antonio Ronda, cuando éste se iba a casar, porque para Carreño “jurar falso… no te dé cuidado, q[ue] el juramento se hase de los dientes para fuera, y peor es que se case mal”


Del interrogatorio de siete preguntas surgió que José Carreño había dejado embarazada a Casilda Gómez, la hermana de María, quien tenía tan solo 12 años entonces. José era mayor de 25.


El cura tenía frente a sus ojos el papel blanco, con tinta fresca, que contenía las declaraciones del caso. El mismo documento que hoy tratamos. Debió releerlo, seguramente, para encontrar algún punto de discordancia entre los declarantes. Pero, frente al crucifijo y con las explícitas amenazas de castigo divino, reafirmaron sus dichos iniciales. Alguien mentía, ¿quién?, ¿sería José Carreño, Antonio Ronda, ambos?, ¿estaría mintiendo María Gómez? Tal pareciera que Dios no estaba ayudando lo suficiente para dilucidar la situación. Interesante, por cierto, lo que evidencia este hecho, sobre el temor que provocaba su figura. Da para cuestionarse si el propio cura creía que obtendría confesiones sinceras.


Era mediados de agosto de 1756 y el párroco decidió que lo único que podía hacer, era solicitar a los incumbentes en el asunto, que presentaran testigos que respaldaran sus afirmaciones. En realidad, más que validarlas, lo que se perseguía era que hubiera otras personas que hubieran visto a las parejas en actitudes sospechosas o, por el contrario, desde lo que argumentaba María Gómez, que dijeran lo inverso. Luego de lo anterior, tendría más argumentos para dirimir este problema. Dio plazo de nueve días.


José Carreño contestó que no tenía testigos porque siempre había tomado precauciones para que no los vieran juntos (con María Gómez). De forma similar respondió Antonio Ronda, que “por el sigilo que ha guardado”, nadie más sabía del asunto.



María Gómez, sí deseaba limpiar su nombre y presentó a Pedro Barrios, Antonio José Arellano, y a José Lesana para que respondieran el interrogatorio del párroco. El primero era un “hombre de buen crédito y reputación”, el segundo fue considerado “de honrado proceder”, y el último no tuvo calificativos por parte del cura. Todos españoles de diversas edades.


Si hay algo que me fascina al investigar historia y genealogía, son los documentos de juicios. Contienen prácticamente una foto de la sociedad de entonces. Se pueden ver desde sus oficios, mentalidades, creencias religiosas (o no tanto), el funcionamiento de la justicia, valores, etc. Y en este caso, el cura tuvo que impartir justicia a la usanza de la época, de forma idéntica a la entregada en el mundo civil.


Podrías pensar en el desenlace de esta historia, para ver si le apuntas. Está difícil, por si acaso.


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