Defunciones y sepultaciones: documentos vitales

Actualizado: 12 de oct de 2019

Lo único seguro de la vida es la muerte, solía decir más de algún abuelo con toda su sabiduría a cuestas. Hasta ahora es indesmentible. Como todos los seres vivos, cumplimos nuestro ciclo sobre la tierra y luego volvemos a ella.


Mirando la historia de la muerte en el mundo (buen tema para escribir), se puede observar cómo el gran salto de supervivencia se produjo recién en el siglo XX, cuando dejamos de morirnos por resfríos o heridas menores. Avances científicos por medio.


Los más delicados siempre han sido los niños, el INE (Instituto Nacional de Estadísticas) estima que la mortalidad de párvulos menores de 1 año en el 1900 en Chile era del 34%, es decir uno de cada tres nacidos no lograba llegar a su primer cumpleaños. En el 2010 era del 0,7%. La cifra del 1900 puede ser replicada fácilmente a los siglos anteriores.


En los distintos pueblos se hacían velorios con “cantos a lo divino”, para despedir a los angelitos, como les llamaban. Uno se sorprende de la frialdad con que daban vuelta la página nuestros ancestros luego de estas pérdidas, pero al ver las estadísticas, lo único que me cabe pensar es que tanto la vida como la muerte eran para ellos parte de la naturaleza de nuestra existencia, ocurrencias que no revestían mayores complejos.


Numerosos "puetas" llegaban a cantar por el angelito.

Los adultos debían sobrevivir a las numerosas pestes que con frecuencias de menos de 10 años aparecían y dejaban tras su paso un cúmulo de lágrimas. Estoy armando una estadística de 1780, año de una peste, donde en algunos pueblos más o menos pequeños, cada día fallecía un integrante. Entre 1591 y 1593 el gobernador Loyola dio cuenta de las muertes de aquel período, donde se aprecia que el 31% se produjeron por enfermedades (probablemente viruela), un número bastante mayor que el que representaba la muerte en batalla.


En la Revista de Estudios Históricos N° 62 (del ICHIG), que aparecerá en noviembre de 2019, viene un estudio preparado por Pablo Blanco Traverso sobre la vacuna para la viruela en Chile, la que se fue implementando desde comienzos del siglo XIX. Sin querer adelantar mucho, se menciona cómo la Iglesia Católica se oponía, básicamente porque si Dios quiso que tuviéramos una peste, había que respetar su designio…


La muerte en las mentalidades de los ancestros tenía un tono de resignación muy evidente.


En fin, luego del fallecimiento de alguien, lo que ocurría usualmente era que el cuerpo era velado en las iglesias, donde se realizaba un oficio de entierro entre uno y tres días después; normalmente dos. Se podían hacer entierros con un clérigo o varios; no faltaba aquel que pretendía redimir sus pecados mundanos solicitando la participación de al menos un fraile o presbítero de todas las órdenes de la ciudad. La misa podía ser cantada o rezada, con más o menos velas; con una, dos, tres o hasta cuatro posas, las posas eran las paradas que se hacían en el trayecto al entierro donde se practicaban responsos; también podía ser un entierro mayor con diáconos o subdiáconos usando capas y cantada, con cruz alta; o menor (con cruz baja) donde era todo más sobrio. Lógicamente todo estaba debidamente tarificado y mientras más pompa hubiere, mayor el precio, a veces una verdadera fortuna. Me he encontrado con un juicio de 1805 donde el viudo que estaba ausente al momento de fallecer su esposa, se encontró con una deuda altísima a su vuelta, por todo lo que el cura dijo haber practicado y utilizado en el entierro, que a su propia discreción había decidido. Y cuando hablo de una fortuna, imagínense que equivalía a precio actual, más o menos al valor de un auto confortable.


Hasta antes de las apariciones de los cementerios, recién a comienzos del siglo XIX, los fallecidos se enterraban en capillas dentro de las iglesias o en conventos, los más pudientes; mientras que la mayoría en patios cercanos a la iglesia. Posteriormente se prohibió aquella práctica y aparecieron los cementerios por todo el país. Algunos fueron de carácter parroquial y otros administrados por civiles.


Volviendo a los documentos relacionados con la muerte, uno de los más interesantes es el testamento, algunas veces realizado mucho antes de morir, pero donde mayoritariamente se estipulaba cómo quería que fuera su entierro y dónde. Este documento lo catalogo como complementario para la genealogía y por ser de suma importancia, tendrá un desarrollo en un próximo post.


Certificados de Defunción


El Registro Civil debe ser informado cada vez que alguien fallece y es quien oficialmente “valida” en nuestro sistema la muerte. Por lo tanto, su información, a través de estos certificados es muy importante para cerrar el ciclo de vida de un antepasado. Los certificados actuales son escuetos, pero muchas veces contienen también la causa de muerte, aparte de la fecha de defunción, fecha de nacimiento, RUN y oficina del Registro Civil.


Mientras que los certificados antiguos, antes de 1950, más o menos, contienen bastante más información, nombres de los padres, edad, dirección en la que vivía o lugar, causa de muerte.


Certificado de defunción actual. Modelo tipo.

Para tener en cuenta: las edades que figuran en los certificados de defunción son aproximadas (para los certificados antiguos), esto porque quien entregaba dicha información era normalmente un familiar o conocido del difunto y no tenía por qué saber la edad de ella, sumado a que no era costumbre contar los años como lo hacemos actualmente. De todos los documentos donde aparece la edad de las personas, el certificado de defunción es el que menos validez tiene. Te invito a ver un caso respecto de las discrepancias en las edades aquí.


[Actualización 7-10-2019] Me escribió Pablo Schaffhauser, destacado genealogista del ICHIG haciendo notar que no había agregado que quienes iban a inscribir las defunciones a veces eran familiares y otras veces sólo gente mandada a hacer el trámite, y lo que pasaba es que no entregaban la información de forma correcta, no sólo las edades, muchas veces los nombres de los padres del difunto tampoco los sabían o sólo de forma incompleta o totalmente incorrecta. Y se puede ver claramente, pues los comparecientes muchas veces no pertenecían a la familia. En definitiva la información de la defunción es la que hay que verificar siempre y nunca tomarla como 100% válida. Gracias Pablo!


Certificado de defunción antiguo.