• Cristián Cofré León

Herencia, locura y un asesinato

Actualizado: mar 12

Hace muchos años atrás en un lugar de cuyo nombre sí quiero acordarme, los dimes y diretes de un juicio fueron el comidillo de los vecinos de unos parajes solitarios, aledaños a la costa, junto a lagunas y bosques[1].


Herencia


Hacia 1686 doña Lorenza Cordero, de unos 45 años más o menos, viajó de su natal estancia de Nuestra Señora de Regla en la doctrina de Vichuquén, partido del Maule; hacia Santiago de Chile. Llegó sola por supuesto, lo que tenía que hacer no podía efectuarlo acompañada de Simón Román, su esposo. Se dirigió a la Real Audiencia ubicada frente a la plaza Mayor, entró al edificio y pidió justicia. Solicitó que su padre, el sargento Alonso Casas Cordero, le devolviera a la mulata Isabel y acusó a su marido de haber hecho un convenio sin su autorización. Esta señora no se iba a quedar de brazos cruzados, había esperado 4 años para la revancha.


En enero de 1682 el padre y el esposo de doña Lorenza habían hecho un acuerdo. Simón Román de Tamayo le cedía a su suegro Alonso la mulata Chabela, “por la extrema necesidad que de servicio tengo”, decía el último; la condición era que a la muerte de Alonso la esclava sería devuelta a Simón. Y se dejaba especial constancia que doña Lorenza había autorizado este convenio; que por supuesto ella negó rotundamente. La Chabela le había sido donada por su abuela en su testamento, cuando ella ya estaba casada y por lo tanto, no era parte de la dote, era de su exclusivo dominio y ni su esposo ni nadie iban a disponer de sus bienes. Hasta aquí doña Lorenza había mostrado una valentía poco usual para aquella época donde la subordinación femenina era lo normal.


¿Qué le esperaría al volver? Su padre y esposo ya habían sido notificados y la esclava de la discordia debió ser trasladada a Santiago mientras se dirimía el asunto. Mientras tanto doña Lorenza preparaba su defensa y ataque.


Entonces, los vecinos de Vichuquén comenzaron a enterarse del asunto, don Francisco Gaete, por ejemplo, decía que efectivamente la esclava le había sido legada por su abuela doña Juana de Almendras en su testamento y que cuando hicieron el trato entre suegro y yerno había “visto a la dicha doña Lorenza, su mujer (de Simón Román), quejosa”; otro decía que “contra su voluntad se la hizo dejar el dicho su padre”.


¿Y qué dijo Alonso Casas Cordero, a la sazón de casi 80 años? Que aquel testamento no era válido porque su madre “la dicha doña Juana de Almendras se hallaba intestable, demente, fatua y lesa del entendimiento, que no entendía lo que oía ni lo que hacía y juntamente era ciega de la vista corporal”.


Locura


Doña Juana de Almendras había nacido por 1580 en Valdivia, ciudad que tenía los años contados porque hacia 1599 los mapuches asolaron toda la región. Particularmente en este lugar los españoles repelieron con efectividad una asonada a comienzos de noviembre de aquel año, lo que les infundió una imprudente confianza, como escribió Crescente Errázuriz[2]. Tan solo 3 semanas después, durante la noche sufrieron uno de los más grandes ataques que concluyó con más de 100 soldados muertos y unas 400 personas capturadas, la mayoría mujeres y niños; solo unos pocos pudieron salvarse y emigrar hacia el norte.


Doña Juana era una de las cautivas, viuda y con dos hijos. A una corta edad se le abría a sus ojos un mundo nuevo, donde pasaría de ser señora a esclava. Del cautiverio algunos saldrían a través de intercambios y pagos en dinero que fueron sucediéndose en los siguientes años, y otros hicieron sus vidas en las comunidades mapuches. Mientras estuvo en esas condiciones, doña Juana sufriría la irremediable pérdida de sus dos hijos.


Aparentemente, aún estando atrapada en territorio enemigo se casó con un español de Jerez de la Frontera llamado Alonso Casas Cordero. He de suponer que o bien hubo curas capturados (muy probable) o les permitían casar en sus misiones evangelizadoras. Con él tuvo dos hijos, de los cuales María falleció en aquel lugar, lo que le produjo otra nueva tristeza que sólo se vio en parte superada por la necesidad de preocuparse por Alonso “el joven”, quien debió nacer por 1610.


No queda claro en qué año logró salir de aquella prisión junto a su familia, pero sí debió ser antes de 1635, ya que Alonso “el viejo” estaba en Colchagua hacia esa fecha. Como era costumbre en esa época, algún gobernador le señaló a su esposo 1.000 cuadras de tierras en la doctrina de Vichuquén y allí se instalaron. Hacia 1639, Alonso “el joven” adquirió otras mil cuadras, a las que se sumarían varias más hasta completar unas 6.000 a su muerte en 1694. Estaban ubicadas entre la laguna de Cáhuil y Bucalemu.


Doña Juana quedó viuda y se dedicó a las tareas del campo, tenía varios esclavos y ganado. Pero mientras el tiempo pasaba, sus recuerdos aún seguían presentes y rememoraba de tanto en tanto, a quien quisiere escucharle, su vida de cautiva. Por 1660, cuando contaba con unos 80 años quedó “falta de vista corporal y ciega”. Pero esa incapacidad no sería tan importante comparada con los síntomas que empezaron a ensombrecer su atardecer vital, los vecinos comentaban que doña Juana “quería lavar un poco de ropa… y en la misma cama hizo demostraciones de que lavaba”, como si fuera real. En otras ocasiones “respondía sin propósito” o la veían “hablando sin concierto”.

La antigua cautiva comenzó a experimentar los síntomas de una demencia, “le hablaban los mismos de casa y no los conocía”, o un visitante “entraba, le decía quién era y… de breve rato le preguntaba quién era” al invitado. Con el correr del tiempo, sus actitudes fueron más llamativas para el resto, incluso “salía desnuda en cueros aunque hubiese gente” y “todo el día se ocupaba en soplar un calabacillo”. Hacia el fin de sus días “hasta el comer se le había olvidado”, así que le daban un “poquillo de harina tostada y por fuerza se la hacía[n] comer”. Se había reducido tanto la pobre anciana que cuando “la llevaban a casa de alguna nieta era necesario cogerla en brazos, como una criatura”.


Por supuesto, también afloró la maldad local, ya que muchachos y no tanto “le hacían chanza de las cosas que veían”, Simón Román (el casado con su nieta), “se burlaba y mofaba… de la dicha doña Juana”, Adrián Cornejo otro que estaba casado con una de sus nietas, “le hacía burla suponiendo ser religioso y que la venía a confesar y se reía el dicho… de los disparates que le oía hablar”.


Pero entonces, ¿cómo doña Juana pudo hacer el testamento en 1673, cuando tenía más de 90 años y con una demencia galopante?


Resulta que llegó a casa de Alonso el joven, el cura de Vichuquén don Martín de Oyarzún a petición de Simón Román, que como ya vimos estaba casado con la nieta de doña Juana. El objetivo de este último era simple, que la disminuida abuela hiciera su testamento en el cual le entregaba una esclava a su esposa. Y tan inescrupuloso resultó aquel fraude que tomó en sus brazos a la anciana y le preguntaba cualquier cosa hasta que asintiera y de esa forma le donó la mulata Isabel. Actuó en connivencia con el cura, que recibiría el pago de 50 misas que también instituyó doña Juana. El cura actuó como una suerte de notario y al finalizar el escrito, no leyó el testamento (como era de rigor) y solicitó a algunos que estaban fuera de la habitación que lo firmaran (sin saber todo el contenido, según ellos). Pero estaba presente Pascual Díaz, quien trabajaba en la estancia y fue a buscar a Alonso el joven. Al llegar, encaró al cura Oyarzún y este le dijo que luego lo iba a romper porque entendía que no era válido, entonces Alonso no le tomó mayor asunto. Pero resultó que después doña Lorenza basó su reclamo en ese documento, porque el cura no lo había destruido.


Un asesinato


En realidad, nunca sabremos si el cura hubiera eliminado el testamento o no, porque luego de abandonar la estancia “dentro de muy pocos días de lo sucedido, mataron a dicho cura”. Me imagino que si su comportamiento era como el expuesto, más de algún enemigo tendría. No sé por qué lo mataron, ni quién fue, ni cómo, pero como esta historia tenía un asesinato… ahí está :).


Final


La justicia le dio el favor a Alonso el joven, con fallo definitivo dado en abril de 1687, se anuló aquel testamento y la corte devolvió a la Chabela a su real propietario. Doña Lorenza seguramente no era tan valiente ni estuvo enfrentando a su esposo, sino que debieron actuar en conjunto. Alonso el joven ya no era tan joven y fallecería apenas 7 inviernos después cercano a los 90 años. Los descendientes de doña Juana llevaron apellidos Casas Cordero y Cordero en el Maule; Cornejo (la mayoría de los actuales) y González en la costa; Román (breve línea) y Barahona en la zona central de Colchagua; Donoso y Osorio en la zona de Rapel; y Marambios en Colchagua y en San Pedro de Melipilla.


Sería interesante saber si sus descendientes heredaron de doña Juana de Almendras su longevidad… o su locura.


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[1] Relato basado en un juicio consultado en el Archivo Nacional, fondo Real Audiencia, volumen 1176, pieza 1; más información recolectada en Notariales de San Fernando y en el Archivo Parroquial de Vichuquén.

[2] Crescente Errázuriz, Seis años en la historia de Chile (23 de diciembre de 1598 - 9 de abril de 1605), tomo I, capítulo 11, Imprenta Cervantes, Santiago de Chile, 1908.

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