Los matrimonios: documentos vitales (I)

Actualizado: 28 de sep de 2019

Continuando con las huellas que fueron dejando nuestros antepasados y luego de haber visto los documentos asociados a nacimientos y bautismos, pasaré a revisar otros documentos vitales que son muy importantes a la hora de establecer las etapas de la vida de las personas que buscamos.


Los matrimonios como eventos institucionales de las distintas culturas son muy antiguos y asocian el vínculo entre hombres y mujeres de manera formal. La etimología de la palabra nos remite a Roma y tendría relación con el cuidado de las madres, ya sea por el esposo o de ésta por sus hijos, o también podría significar la acción de ser madres. Puesto que uno de los resultados de esta unión es justamente la de procrear; que para los efectos genealógicos es la clave o eje de nuestra disciplina.


En nuestra cultura occidental, el matrimonio representó un símbolo de las familias; en la práctica llegó a ser el punto de partida de ellas. De esta unión nacen derechos y deberes de las parejas y de la descendencia. En la actualidad, este vínculo en varios países se ha ampliado al matrimonio del mismo sexo, entiendo que se puede dar porque básicamente es un contrato entre partes.


El paradigma de la elección de pareja por los propios novios, donde la decisión de contraer matrimonio es exclusivamente de ellos, donde el “amor” es muy relevante; corresponde a una visión relativamente reciente. En ciertos círculos, hasta hace menos de 100 años atrás, todavía la injerencia de los padres era abrumadora y podían llegar a imponer sus deseos por sobre los intereses de los futuros contrayentes. Después de todo, el matrimonio también era visto como una suerte de consorcio, donde una medida de su éxito tenía que ver con el progreso social que podía alcanzar la pareja, junto a la preparación de los hijos para que en un futuro los relevaran de buena forma. El amor no era relevante; pero sí era importante que el marido fuera bueno para el trabajo y la mujer estuviera bien educada en las labores hogareñas.


Yéndonos hacia atrás, digamos al siglo XVI, los matrimonios los arreglaban casi enteramente los padres de los futuros contrayentes, llegando a acordarlos incluso cuando eran niños en casos extremos, como el de las casas reales. Conocido es el caso del conquistador Juan Jufré de Loaysa que se desposó con doña Constanza de Meneses (hija de Francisco de Aguirre) por poder notarial; ya que ella estaba en España y él en Chile. Demás está decir que ni siquiera se conocían.


Los matrimonios regularmente se realizaban dentro de un mismo nivel social, aunque como siempre, había algunas excepciones que fueron creciendo lentamente durante el período colonial.


El matrimonio fue el eje y centro de lo que se consideraba familia; tanto por lo importante en la transmisión de los valores (católicos) como en cuanto a, por ejemplo, los derechos de los hijos sobre los bienes de los progenitores; mientras los nacidos fuera de este vínculo, quedaban prácticamente excluidos. La procreación era uno de los fines más importantes del matrimonio. Es más, se podían anular si no había "consumación".


Hacia 1776 el rey Carlos III emitió una pragmática que entre otras cosas establecía que los menores de 25 años no podían casarse sin consentimiento paterno y los mayores igualmente debían solicitarlo y aunque podían desobedecer, arriesgaban ser privados de la herencia. Dos años después se extendió a las Indias. Hubo varios juicios que enfrentaban a padres e hijos por las autorizaciones; particularmente he visto oposiciones por diferentes niveles sociales de los contrayentes.


Actualmente los matrimonios reconocidos por el Estado son los “civiles” efectuados por oficiales del Registro Civil. Además, cada pareja puede casarse por la religión que quiera y escoger el sistema que regirá sobre sus bienes. Pero antes de 1885 la Iglesia Católica prácticamente tenía un monopolio sobre estos eventos. Para contraer matrimonio, la pareja tenía que cumplir ciertos requisitos, el primero era haber sido bautizados, es decir, debían pertenecer a la Iglesia. No podían casarse entre parientes consanguíneos directos: padres con hijos, ni abuelos con nietos… tampoco podían casarse con parientes sanguíneos o políticos en línea transversal, como primos hermanos, tíos, primos segundos, etc. hasta los primos terceros; sin embargo, podían solicitar al obispo o arzobispo (según correspondiera) una dispensa para obviar este impedimento. Todo lo anterior, se hacía para evitar los problemas genéticos que ocasiona la procreación por generaciones dentro de una misma familia (el caso de los Habsburgo es un claro ejemplo). También prohibía los matrimonios cuando alguna de las personas tenía otro sacramento comprometido con la Iglesia, como el de ser sacerdotes o monjas. Prohibía las bigamias, pues una persona sólo podía tener un matrimonio al mismo tiempo; prohibía las relaciones sexuales previas con parientes del otro contrayente; más uno que otra prohibición que no resulta tan relevante.


El proceso del matrimonio


El matrimonio tenía varias etapas; la primera era la de esponsales, donde se realizaba el acuerdo para sellar las vidas de los novios con este sacramento, se realizaba la promesa de casamiento y pasaban a ser “esposos”. En este punto el padre de la novia regularmente arreglaba la dote que aportaría a la nueva familia. En una publicación posterior revisaré lo de la dote porque también se generaban documentos relevantes.


Luego de celebrar los esponsales, iban a la parroquia que estimaran (era más probable que fueran a la de la novia) y le contaban sus intenciones al sacerdote. Luego de eso, el cura tenía que hacer las tres manifestaciones o proclamas, por ejemplo, durante tres semanas al término de la misa le informaba a la feligresía que tales novios querían casarse y que si alguien sabía sobre algún impedimento para el matrimonio, entonces que le dijera.


El cura abría un capítulo de informaciones matrimoniales donde se declaraba la intención de los novios y los impedimentos que tuvieran (ahondaré sobre este documento en otro post, puesto que resulta de gran interés). Si había algún impedimento el cura tenía que elevar al obispo o arzobispo el resultado de esta información para que él permitiera el matrimonio o lo rechazara; si dispensaba los impedimentos, se podían casar. Esta dispensa es otro documento más que podía surgir y también lo trataré con el de informaciones matrimoniales.


Luego que el cura tenía todo en orden, con los novios plenamente autorizados por los padres si eran menores de edad y por el obispo (o arzobispo) si fuera necesario; recién ahí se realizaba el matrimonio en una capilla, la Iglesia parroquial o incluso he visto algunos celebrados en las propias casas. A veces se efectuaba en ese mismo evento la “velación” o se podía posponer incluso varios años. La velación formaba parte del rito donde la novia se cubría la cabeza con un velo y el novio los hombros y procuraba propiciar el vínculo con la Iglesia comprometiendo a los cónyuges a seguir sus preceptos en la educación de sus hijos. La velación estaba prohibida durante ciertas fechas del calendario, como eran los tiempos de Adviento y Cuaresma, más otras fiestas religiosas.


Aunque no hubiera velación, marido y mujer podían tener hijos legítimos. Al casarse también podían legitimar a hijos que hubieran tenido antes del matrimonio. Más de algún "arrepentido" se casaba en "artículo mortis", temiendo la muerte inminente por fin contraía matrimonio con su hasta entonces amante.


Como resultado del “proceso” de matrimonio religioso anterior, nuestros antepasados pudieron dejar varios documentos (hasta seis):


1. y 2. promesa y/o recibo de dote.

3. informaciones matrimoniales

4. dispensas matrimoniales

5. y 6. matrimonio religioso y/o velación.


Cada uno de estos documentos tiene cosas de interés. Para efectos de los documentos vitales, considero a los dos últimos como imprescindibles y a los otros como complementarios. Estos dos tienen mayor presencia temporal en cuanto a los documentos conservados y contienen la información esencial para avanzar una generación en el árbol genealógico.


Por otro lado, el “proceso” actual, vía Registro Civil sólo deja dos tipos de documentos, los certificados y las actas de matrimonio. Los documentos de ambos procesos serán tratados en el siguiente post.


En fin, este acto era uno de los más importantes que debían celebrar en sus vidas todas las personas (salvo los que siguieran la carrera eclesiástica) y a la Iglesia le importaba que se efectuaran y que no hubiera hijos fuera de este concepto. Aunque, como sabemos, la naturaleza humana continuamente ha tenido disputas con las reglas sociales y alrededor de un 30% de los nacidos en Chile, era un hijo fuera del matrimonio. Esta cifra se encuentra tanto en la colonia como hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, ahora contraer matrimonio no es una alternativa tan recurrente y como consecuencia de ello son varios los hijos que nacen sin este vínculo de sus padres. Lo bueno es que ahora estos hijos tienen plena igualdad respecto de los otros.


Nuevamente me extendí más de la cuenta, así que en el próximo post me centraré en los documentos vitales que mencioné y dónde conseguirlos.


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